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El adiós del hombre tranquilo

Por: Ilde Ruiz | Fue una rueda de prensa discreta. Sin hacer ruido mediático, casi sin querer. De la misma forma en que se hizo un hueco en la historia del deporte español, Carlos Sastre anunció el pasado 15 de septiembre su retirada del ciclismo profesional. Tal vez con la irrupción de Contador, no hayamos valorado nunca la importancia de este fantástico corredor, tan enemigo del ruido mediático, cercano, accesible, afable y campechano al que en Francia y Holanda, conocen con el nombre de “Don Limpio”. Para el aficionado de a pie, Carlos siempre será recordado por su ataque en Alpe D’Huez en julio de 2008, dejando clavados a los hermanos Schleck y a Cadel Evans, precisamente el último pódium de la Grande Boucle, y enfilando la victoria del Tour de Francia. Ese fue su gran triunfo y tal vez también, su gran derrota.

Carlos Sastre nació en Leganés en 1975, si bien creció como hombre y como ciclista en Ávila por lo que siempre se consideró abulense. Se formó en la escuela municipal de ciclismo de El Barraco, a las ordenes de su padre, Victor Sastre, quien además fue el culpable del descubrimiento de corredores como Paco Mancebo, Pablo Lastras o el inolvidable “Chava” Jimenez, que a su vez, era cuñado de Carlos Sastre. Precisamente a la sombra del genio malogrado creció como ciclista. Para Carlos, Chava, siempre fue algo más que un compañero. Fue su mejor amigo, su confidente, su espejo. Ese hermano mayor que no tuvo. Superar su muerte fue difícil para él y estuvo cerca de colgar la bicicleta. Fue Manolo Saiz el que le convenció de que la mejor forma de honrar la memoria de Chava era seguir dando pedales y lo llevó hasta la mejor formación de la mítica ONCE de la historia. Ahí se granjeó una gran reputación de gregario de lujo que le llevaría a fichar por el Team CSC (actual Saxo Bank) en 2002. En 2003, haciendo de gregario para Ivan Basso, entonces rival de Lance Armstrong, se alzó con la victoria en una etapa del Tour en Ax 3 Domaines, entrando a meta señalando al cielo, en recuerdo de Chava.

En 2006, el revuelo de la expulsión de varios ciclistas tras la eclosión de la Operación Puerto del Tour de Francia, hizo 3º de la General tras la descalificación de Floyd Landis, dejando una sensación general de que había dejado escapar su oportunidad dejando vivo a Oscar Pereiro, quien finalmente fue proclamado vencedor de la ronda gala. Dos años más tarde, no dejaría pasar el tren. Pocas veces en la vida un tren tan bueno pasa por tu puerta dos veces y Carlos lo sabía. Atacó en Alpe D’Huez a la antigua usanza. Desde abajo y sin mirar atrás. Marcó un ritmo infernal consciente de lo que le iba en ello era la gloria y entró en la meta de la montaña más mítica del ciclismo señalando al cielo, dedicándole la victoria al que ya no estaba y tocando un maillot amarillo que defendería como gato panza arriba en la última contrareloj.

Carlos ganó ese Tour. Tras esta victoria vinieron pódiums en la Vuelta y el Giro, pero todos le pedimos más. Cuestionamos su gran victoria en el Tour y siempre se le reprochó que no volviera a ganar. Como si tuviera que pedir perdón por haber ganado aquel Tour. Algún día, cuando el deporte español no genere Contadores, Nadales o Gasoles, echaremos de menos a los grandes como Carlos Sastre.

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